Pensar acerca de los nuevos espacios interculturales

En la ciudad de Buenos Aires advertimos desde comienzos del siglo XXI, la existencia de espacios de encuentro intercultural entre colectivos de origen migrante entre sí y con el contexto nacional. Ellos surgen de una actividad compartida (económica, cultural, artística, educativa, de esparcimiento), un mismo barrio y hasta de eventos en el espacio público. Si bien estos encuentros no son novedosos, sí lo son las características que adoptan y que comenzamos a vislumbrar hoy día. Una de ellas es que ubican a los propios actores comunitarios como participantes activos en la búsqueda y creación de nuevos espacios comunes de comunicación junto a otras formas de relación. Ello da lugar a la reconfiguración de los procesos identitarios dentro de cada colectividad las cuales no dejan de apoyarse en su base cultural propia aunque la trascienden.

Algunos autores hablan de este fenómeno social en términos de una “sociabilidad cosmopolita” Definen el cosmopolitismo simultáneamente como un arraigo y una apertura a las emociones, experiencias y aspiraciones humanas compartidas, en lugar de una tolerancia a la diversidad. Proponen en tal sentido, un análisis acerca de cuándo y dónde la gente utiliza la diversidad cultural propia para construir estas relaciones de apertura (ver Glick Schiller et. al, 2011, en Bibliografía).

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¿La idea de “mosaico” supera a la de “crisol”?

 

Quienes nos abocamos al estudio de la cuestión de la diversidad cultural encontramos que a menudo, desde ámbitos institucionales estatales, como también en el discurso mediático, se hace referencia a la configuración sociocultural actual de la sociedad argentina como un “mosaico”. Es decir, una configuración de identidades singulares que conviven en un todo armonioso. Esta idea se presenta como una superación de la anterior concepción de la sociedad como un “crisol”, un lugar donde distintas identidades se fundirían en una sola, superadora de las individualidades étnicas.

En nuestra investigación hallamos que la noción de “mosaico”, si bien aparece en primera instancia como superadora de la de “crisol”, se basa en una concepción de colectivos humanos que conviven pero no se vinculan y por lo tanto con identidades cristalizadas, que no se ven afectadas por la interrelación en un marco diverso. ¿Supera entonces el “mosaico” al “crisol”?

Les proponemos leer una ponencia que presentamos en la X Reunión de Antropología del Mercosur de 2013.

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La nación “blanca” en cuestión

 Identidades afrodescendientes y “cultura negra” en Argentina

Eva Lamborghini

Contrariamente a los discursos universalistas, a las ideologías nacionales de blanqueamiento y mestizaje, y a las políticas asimilacionistas del pasado, a partir de la década de 1990, los estados latinoamericanos reconocen la multiculturalidad de sus sociedades e implementan reformas constitucionales que contemplan derechos específicos para las minorías sociales -principalmente, pero no sólo, el derecho a la diferencia-.  Aunque las causas y los efectos de la adopción de ideologías y políticas multiculturalistas han sido vasta y oportunamente criticados desde distintos sectores de la academia, lo cierto es que han permitido o incentivado el desarrollo de movimientos indígenas y afro-latinoamericanos a lo largo de todo el continente, propiciando la reivindicación pública de identificaciones raciales y culturales antes negadas y/o invisibilizadas.

En Argentina, un país cuya identidad nacional se configuró bajo el ideal de blanquedad (la Argentina “blanca y europea”), el contexto de Multiculturalismo no ha traído (al menos aún) el tipo o el nivel de cambios políticos para las poblaciones afrodescendientes de otras naciones latinoamericanas. Sin embargo, se destaca la formación de un incipiente movimiento social de afrodescendientes que luchan por su re- visibilización y por el reconocimiento de sus aportes sociales y culturales a la nación.Asimismo, aunque el lugar asignado a la “cultura negra” en el país tampoco sea equiparable al de otras naciones de la región, ésta cobra cada vez mayor relieve, no sólo en algunos discursos y actividades apoyadas por el Estado sino, sobre todo, en el desarrollo de una “movida cultural afro” autónoma que crece y se vigoriza localmente. En un marco de creciente valoración de la diversidad cultural, asistimos a la emergencia y afianzamiento de procesos de re-africanización en la sociedad argentina.

LEER MÁS:

http://www.periodicoseletronicos.ufma.br/index.php/rpcsoc/article/view/686/426

Pensar el pluralismo cultural

Para entender el pluralismo cultural como modelo de sociedad es necesario tener en cuenta que surge en contraposición a otro modelo que es el del asimilacionismo.

El asimilacionismo conlleva una idea esencialista de la identidad

En el caso argentino, el modelo asimilacionista se expresó en la idea del “crisol de razas” que propugnaba que los distintos grupos que constituían la sociedad se integrarían en un todo homogéneo al dejar de lado sus particularidades culturales. Esta idea era análoga a la del “melting pot” que simultáneamente, a principios de siglo XX, se formuló en otro contexto como el de los EE.UU.

En la década de 1960, esta noción comenzó a ser cuestionada desde los estudios sociales que mostraron que el mentado “melting pot” no se había producido. Un libro señero que planteó la persistencia de las identidades étnicas en la sociedad estadounidense fue Beyond the Melting Pot: The Negroes, Puerto Ricans, Jews, Italians and Irish of New York City de Daniel Glazer y Patrick Moynihan. Esta obra revelaba que los grupos citados no se habían integrado como proponía el modelo asimilacionista.

A partir de entonces, una gran cantidad de investigaciones fue demostrando de distinta manera y en diferentes sociedades que las identidades étnicas no se diluían en la interacción sino que planteaban problemáticas complejas.

A pesar de ello, la idea de que las sociedades que recibieron poblaciones migrantes a fines de siglo XIX y principios de siglo XX constituyen “crisoles” continúa como una noción de sentido común hasta la actualidad. Convive con la noción de “mosaico”, es decir, una sociedad con múltiples individualidades colectivas que conviven pero no se mezclan. Como ya venimos viendo, esta idea también es problemática.

Pensar en términos de “pluralismo cultural” implica estar atento a la dinámica de la multiplicidad en la que las identidades se reformulan permanentemente.

El espacio público como escenario de la diversidad cultural

Si bien es innegable el auge de las nuevas formas de comunicación virtual que parecen renunciar a la presencialidad como modo de expresión y vinculación, hoy en día asistimos a una revitalización del espacio público como ámbito de encuentro.

En la ciudad de Buenos Aires, esta revitalización se da asociada entre otras cosas, a los discursos vigentes sobre la diversidad cultural y la injerencia de las corrientes migratorias (históricas y actuales) en los procesos de construcción identitaria de la sociedad porteña. Los festejos del Día del Inmigrante entre otros, son algunos de los eventos en que se convoca a los diferentes colectivos de origen migrante a exhibir y compartir sus particularidades. Así también dichos colectivos se apropian de esta modalidad para mostrarse ante los otros, resignificando, en  ambos casos, una plaza, un parque o determinadas calles de un barrio.

De tal manera, ese espacio público  que puede ser visto como lugar de relaciones efímeras, de circulación permanente de los sujetos hacia destinos desconocidos, de interacciones transitorias, fragmentarias, se convierte en un sitio “denso”, histórico, de (re) producción de identidades sociales, con un uso y una asignación simbólica específicos.

Esta transformación la advertimos en los trabajos de  investigación que estamos llevando a cabo con las colectividades judía y coreana respecto de sus exhibiciones en eventos en la vía pública de la ciudad constituidas como “performances culturales”, es decir, eventos complejos que incluyen actividades y manifestaciones artísticas, actores, audiencia, lugar, y ocasión y que dan lugar a múltiples y diversas interpretaciones para los participantes.

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Un ejemplo de lo que decimos es el festejo de Chuseok o Día de la Cosecha organizada cada dos años en esta última década por la comunidad coreana de Buenos Aires en el barrio de Flores Sur conocido como Barrio Coreano o  “Koreatown” transformando el espacio cotidiano en algo simbólicamente diferente: un lugar de encuentro de gran número de integrantes de la comunidad coreana con vecinos argentinos y también bolivianos. Cada una de estas ediciones (2004, 2006, 2009 y la última en 2011) adquirió sus propias características y produjo distintos efectos en cada uno de sus protagonistas.

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Interculturalidad y espacios de encuentro: el despliegue de manifestaciones expresivas

En entradas anteriores planteamos que la interculturalidad pone la mirada en el modo de relación entre los distintos colectivos que componen una sociedad atendiendo a la desigualdad presente en las relaciones sociales.

Adquiere entonces relevancia para entender la vinculación entre dichos colectivos, la focalización sobre algunos de los espacios de encuentro concretos en los que distintos colectivos sociales interactúan.

Los espacios de encuentro pueden ser institucionales (instituciones educativas, sanitarias, organismos burocráticos). También pueden constituirse en el marco de relaciones comerciales o laborales. Incluso pueden darse en interacciones informales en la via pública o a través de lazos de vecindad en el lugar de residencia.

En todos esos espacios, se manifiestan relaciones de poder, desigualdades y conflictos, pero también constituyen instancias donde es posible reflexionar acerca de los mismos, ponerlos en cuestión, proponer alternativas para resolverlos. Es decir, son sitios de interacción y debate.

Uno de los modos a través de los cuales estas discusiones ocurren es a través de la elaboración estética del discurso. Los estudios folklóricos han abordado históricamente formas de reflexión acerca de la identidad en procesos interculturales a través de manifestaciones expresivas que involucran la creatividad: relatos, canciones, danzas situados espacial y temporalmente.

Un trabajo señero en ese sentido es el de Richard Bauman (ver Bibliografía), quien a principios de la década de 1970 permitió romper con la idea de una identidad monolítica como prerrequisito para compartir manifestaciones folklóricas, proponiendo que en la interacción, en el intercambio, en el compartir formas artísticas verbales (pero también podemos agregar, no verbales) se van redefiniendo las identidades sociales.

Sobre la heterogeneidad endogrupal y las identidades plurales. Pensar la diversidad a partir de la noción de ‘Mundos Semióticos Posibles’

 

                                                                              Mirta Bialogorski

En el estudio que realizamos sobre los procesos identitarios de migrantes coreanos en Argentina (ver Bialogorski, 2004, en Bibliografía), observamos que desde el inicio, este grupo se autodefinió como minoría étnica diferenciada de la mayoría y de otros grupos minoritarios. En el discurso de sus miembros, las diferencias con el exogrupo eran marcadas en función de la construcción de una homogeneidad racial y cultural, que implicaba la lengua, un conjunto de valores (algunos ligados al confusionismo), la autoadjudicación de una “mentalidad típica” asociada al trabajo, al sacrificio, a la competitividad, y hasta de una “identidad esencial” entendida como homogénea y monolítica, subsumiendo en ella incluso, las diversas adscripciones religiosas propias del grupo en el nuevo contexto. Asimismo, categorías sociales como el matrimonio eran configuradas de manera tal que reforzaban esa construcción simbólica de la unidad, por ejemplo, a través de la atribución a la generalidad de los integrantes, de pautas endogámicas y a su férreo deseo de conservarlas.

En sus manifestaciones discursivas, la comunidad coreana se presentaba a sí misma como homogénea en su inserción y posicionamiento en la estructura socio-económica del país. Una colectividad que se autopercibía y percibía a otros conjuntos minoritarios en términos de corporación indiferenciada hacia su interior (ver Bialogorski y Bargman 1996 en Bibliografía).

Este era el discurso hegemónico construido por los propios actores que nos conducía a pensar en la definición teórica de grupo étnico (ver Briones 1998 en Bibliografía).

Sin embargo, cuando comenzamos a profundizar en ese discurso, y en cuanto los integrantes de este grupo migrante comenzaron a construir discursivamente estos y otros aspectos relacionados con su concreta vivencia en el escenario argentino, empezamos a registrar formaciones discursivas simultáneamente vigentes y contrastantes con las hegemónicas que resquebrajaban claramente aquel discurso configurador de una identidad imaginaria unitaria y monolítica dando lugar a un proceso de dispersión y de variaciones en la representación e interpretación de sus experiencias vivenciales. Proceso que configuraba identidades plurales, resultado de una construcción recurrente de la diferencia intracomunitaria.

Si bien en el abordaje de la problemática étnica se reconocen variaciones hacia el interior de los grupos étnicos (ver Barth 1976 en Bibliografía) y hasta de una pluralidad de identificaciones (ver Rodríguez1988 en Bibliografía), y aún cuando se adviertan los riesgos de los “esencialismos estratégicos” en la construcción de nociones como las de “pueblitud” o “aboriginalidad” que tiendan a negar diferencias que se reconocen dentro de un colectivo de identificación (ver Briones 1998 en Bibliografía), esta heterogeneidad no ha sido tratada en el campo de los estudios étnicos, como una dimensión sistematizable de la identidad grupal.

Una forma de estudiar la misma en grupos de origen migrante, desde la antropología y desde una perspectiva de la semiótica cognitiva y el análisis del discurso es la que propusimos en nuestra investigación sobre la construcción simbólica de la experiencia migratoria de colectividad coreana en Argentina (ver Bialogorski, 2004) partiendo de la noción de “mundos semióticos posibles” (ver Magariños de Morentin, 1996 en Bibliografía) Una aplicación analítica de dicha noción la presentamos en un trabajo sobre la alteridad y una forma de abordarla metodológicamente (Bialogorski, 1995).

 

Leer Bialogorski 1995:

http://ppct.caicyt.gov.ar/index.php/publicar/article/view/1153/1016